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NUM/12

OCTUBRE2012

EDITORIAL

Nuestra visión humanista

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En el transcurso de los años, y después de contemplar y analizar tantas vidas, vivencias y experiencias, ¿cuál es el discurso que podemos ofrecer sobre la realidad de las personas con síndrome de Down? Ha de ir estrechamente ligado a nuestra visión del hombre, que podríamos definir por la suma de tres coordenadas: un optimismo radical, que no ingenuo, un realismo crítico pero sereno, una esperanza profundamente enraizada en la experiencia.

El optimismo surge del conocimiento sobre la grandeza del ser humano. La persona con síndrome de Down es un ser radicalmente vivo, abierto a los estímulos que recibe y dispuesto a responder a ellos con la mejor de sus intenciones. Por eso creemos en él. Podrá más o podrá menos, pero pone de su parte su empeño por avanzar. es permeable al mensaje que le anima a hacer las cosas un poco mejor; que aunque suponga un esfuerzo, después disfrutará, es decir, recibirá el fruto de su trabajo.

El realismo crítico deriva de la observación, el análisis, la reflexión, el contraste. La primera información es nuestra propia observación, pero sabemos que ha de ser permanentemente contrastada con la lectura sobre experiencias ajenas. Este contraste ha de ser realista, basado en el análisis de nuestras propias experiencias y de las ajenas, en un sutil equilibrio entre lo que vemos y lo que nos gustaría ver, entre lo que conseguimos y lo que nos gustaría alcanzar. es una tensión permanente entre lo que hoy poseo y lo que mañana podré obtener. Este realismo nos obliga a movernos, a no estancarnos, a seguir intentando.

La esperanza nace de nuestro sentido de apertura, de relación, de dependencia y de libertad. La relación y la dependencia nos dan confianza. La libertad nos anima a aceptar el riesgo, la apuesta, la opción. La persona con síndrome de Down, como cualquier otra, tiene capacidad para cambiar, evolucionar, tender hacia esa perfección hacia la cual, conscientes o no, dirigimos nuestra vidas.

Este planteamiento y esta visión radicalmente humana nos obliga a todos a dar ese gran salto en un aparente vacío; el salto que necesitamos para que nuestros hijos, nuestros alumnos, nuestros compañeros, nuestros amigos con síndrome de Down —y, por supuesto, nosotros mismos— lleguemos a ser personas con libertad para hacer real una existencia plena de sentido, una existencia con gracia que recabamos de nuestras más íntimas y recónditas fuentes, cualesquiera que sean, y una existencia en relación de amistad y cooperación con quienes nos rodean.

¿En qué zona debe comenzar o persistir esta arriesgada apuesta? No hay duda alguna: en el corazón de cada uno de nosotros.

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